El día en que el valle de Afur perdió su agua…

1917 AFUR SE QUEDA SIN AGUA

Uno de los acontecimientos más importantes para la ciudad de Santa Cruz de Tenerife, que determinó su crecimiento durante la primera mitad del siglo XX, fue la llegada del agua desde las galerías de Roque Negro y Catalanes, en el corazón de Anaga. Sin embargo, todo suceso tiene dos caras, y este no iba a ser una excepción: la alegría para los santacruceros fue la desgracia para los habitantes de las zonas que habían de ceder el agua de sus nacientes para el abastecimiento de la capital. Así se expresaba un grupo de vecinos de Taganana en un artículo publicado por “La Gaceta de Tenerife” en el año 1917.

“Según hemos leído en los diarios de la Capital, el día 10 del corriente fue para Santa Cruz de Tenerife de gran júbilo, pues el nuevo acueducto le llevó el agua de Catalanes y Roque Negro.

Grande en verdad ha debido ser el regocijo para la población, sorprendente habrá sido el acontecimiento; pero mientras el pueblo santacrucero celebraba con cohetes y música la buena nueva, mientras el señor Casariego brindaba con pastas y licores y varios concejales y otras muchas personas, y las espitas de la población se abrían dando salida al precioso líquido que riega las calles de la población, los vecinos de Roque Negro y Afur lloran la pérdida del agua que fecundaba sus terrenos.

El agua de Roque Negro no se iba al mar. El agua tenía sus dueños, quienes las empleaban en regar sus huertas. Jamás pensaron que fincas adquiridas en compra con sus correspondientes dulas de agua pudieran dejárselas de secar.

Aquí no podemos concebir que haya ley humana ni Divina que autorice el poder arrebatar a un individuo una cosa que le pertenece con legítimo derecho, para dársela a quien no puede alegar ningún dominio sobre ella; pero desgraciadamente esto le ha sucedido a Roque Negro y Afur.

¡Triste es quitar el agua de la boca del sediento, pertenececiéndole, para dársela al que no la necesita ni le corresponde! A los infelices vecinos de Afur no les quedará otro remedio, sino emigrar o dejarse morir de hambre. Les han quitado el único recurso que tenían para poder vivir en aquel Valle; hasta para lavar sus ropas y quizá, dentro de poco, para beber faltará el agua.

Razón tienen para llorar y muchos para maldecir hora tan fausta para Santa Cruz y tan aciaga para los pacientes vecinos de Afur. Mas no os desesperéis; las elecciones se aproximan; alguno habrá que pretenda ser elegido nuevamente; ese os salvará ofreciéndoos sacaros de la miseria e irremisible ruina a que sus predecesores os han llevado, y hasta os prometerá devolveros el agua que se os ha arrebatado.

Varios vecinos

Taganana, 15 de junio de 1917

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¿Puede ser una novela una fuente útil para identificar caminos tradicionales?

Sin título-1

La Laguna es una ciudad encantadora; con sus grandes y nobles edificios; sus vías urbanas, anchas y rectas; sus plazas, verdaderos ramilletes de flores; sus huertos y campos; sus alrededores incomparables, con sus caminos, bordeados de palas, piteras. tarajales, zarzas floridas, geranios y rosas; sus bosques y sus montanas; y los paisajes y panoramas que desde ellas se divisan.

Pepe, en sus años de niño, no sabía apreciar tanta belleza como la que ahora se le entraba por los ojos y le despertaba el sentimiento artístico, que se halla, más o menos dormido, en todo cerebro humano. y se extasió contemplando las fachadas, balcones y escudos de las casas señoriales; los retablos y púlpitos de los templos; las celosías de los conventos y el Instituto; que tiene algo de castillo feudal… ¡Oh, aquel patio de ensueño!.. y aspiró la fragancia de las flores, en las plazas y paseos, y el aroma penetrante de los eucaliptos que entoldan los caminos de Tejina y de las Mercedes y subió a San Roque, Mesa Mota y Púlpito, contemplando dilatados y espléndidos panoramas.

¡Cuánto mar por ambos lados; cuánta montaña!. Desde el Teide, que las domina y preside, vienen descendiendo, hasta morir en los Rodeos, al pie del Púlpito. Allí vuelven a renacer y elevarse, formando un semicírculo, mejor una herradura, que cierra el valle sin rival de La Laguna. Pero allá en el fondo, tras las lumbres de la herradura, aparecen otras muchas montañas rompiendo el horizonte. ¿Hasta donde llegaría aquello?..¿Qué caseríos y valles se encontrarían en aquel laberinto, que parece un mar encrespado de olas gigantes y petrificadas? En aquel dédalo de montes y barrancos, ¿no habría digno de verse más que el pago de Taganana, límite de los pocos turistas que se atreven a rebasar la Cruz del Carmen? Ello había que verlo.

Y, preparada la excursión para el día siguiente, apenas clareó, se trasladó a las Mercedes, en cuyo lindo pago le esperaba el arriero con un mulo, y emprendió el camino, por dentro del umbrío bosque, todavía envuelto por los jirones de la niebla matinal, que huía a toda prisa del calor solar, después de dejar sus perlas de rocío en las hierbas y helechos de los taludes. Llegó al Llano de los Loros, asomándose al precipicio que lo bordea, contemplando la bahía. En elIa, barcos fondeados frente a la inmensidad del Océano.

Subió a la ermita del Carmen y se metió en la cumbre, cuyo prolongado vértice, a manera de espina dorsal de la cordillera, sirve de camino, llano y de blando suelo, y de mirador de espléndidos panoramas. Por la derecha, hermosos bosques, barrancos profundos y el mar, brillante como un espejo, contundiéndose con el cielo allá en el horizonte. Por la izquierda, los caseríos del Batan, de las Montañas, y valle de Afur y, al frente más montanas todavía, hasta el Faro y Punta de Anaga. y pasó la Cruz de Afur y, después de varios descansos, vueltas y altibajos, llegó a la Cruz y Vueltas de Taganana, en donde comienza el sendero en zigzag, que se desliza, serpenteando, en inclinadas pendientes, por el bosque, gemelo y antípoda del de las Mercedes, y quedóse contemplando el valle más pintoresco de la cordillera.

A la terminación del bosque, el sendero bordea el barranco de la Iglesia, los Molinos, o del Agua, por el que corre bastante, si el invierno fué lluvioso. Algunos prados se asoman a él y en ellos se oyen voces infantiles y esquilas de ganado. Allí pastan las vacas Me/oradas y Clavellinas, que os miran interrogantes, tranquilas y sin dejar el remudo. Allí la asustadiza baifa salta en esguince, a trueque de producírselo con la soga que sujeta su patita y se queda mirándonos con ojos de tímida gacela. A orilla del barranco una cruz señala el sitio en que el alma de una jóven voló al cielo en una hora tenebrosa. Descúbrense; rezan ante ella y, por los Naranjos, se meten en el pago más lindo de Tenerite.

Dióse reposo y alimento al cuerpo y se reanudó el viaje pasando por Roque Bodegas, Almáciga y Benijo, desde donde se descendió hasta la orilla del mar, caminando un buen trecho por la playa, mojándose a veces en las olas. Después, vuelta a subir e internarse por tierra y, bordeado el Draguillo, poco antes de ponerse el sol, dió su merced en Las Palmas; delicioso caserío, situado frente al mar y alejado de todo mundanal ruido. Allí fué bien recibido por los medianeros y sirvientes, ávidos de saber algo de lo que pasa por el mundo. y allí, bajo la parra y enredaderas; sentado en rústico banco y aspirando el aroma de las rosas y geranios, contempló la puesta del sol más grandiosa de cuantas vio en toda su vida. El disco enorme, rojo, incandescente, arrebolaba las nubes que se cernían sobre la isla de La Palma; se hundió en éllas; las traspasó, incendiando todo el Oeste y, después de un parpadeo, que dejó una estela sangrienta en el mar, desapareció tras la Cumbre Vieja, perfilando el pico de Birigoy y el Roque de los Muchachos.

De madrugada se encaminó al Faro, en donde los amables torreros le enseñaron la farola y maquinaria, la casa, los alrededores y la pequeña caleta, que sirve de puerto cuando al mar no se le ocurre cerrarlo. No pudiendo ir por el mar ni por la orilla acantilada, volvió a internarse en la isla, siguiendo el barranco Bermejo y, atravesando valles angostos, pero de belleza y fertilidad insospechadas para quien contempla aquellas montañas tan apreciadas al parecer, llegó a Chamorga y, por las Cumbrecitas, a la Punta de Anaga, pago importante, dividido en dos grupos de casitas de Nacimiento.

Siguió cruzando senderos y barrancos, hasta dar en Las Casillas, otro grupo de ellas, encastilladas sobre rocas, en otra cumbrecita que vierte al Sur, frente al valle de Igueste, adonde llegaron molidos, Pepe, su arriero y el mulo.

Después de almorzar en su venta, bien pasado el mediodía, sentó e en un sillón, que arrastró hasta una galería, con vistas al campo y al mar; y, el cansancio y la digestión le dejaron adormecido y remoliendo en su cerebro las impresiones recibidas durante su excursión pintoresca. y pensó: Cuánta diferencia; qué vida tan distinta, entre los habitantes de las grandes ciudades y los que había visto en los pagos recorridos. Ellos (él mismo) afanándose; corriendo tras la fortuna, en contínua agitación de cuerpo y de espíritu. Estos, vida pacífica, contemplativa; sin ansias ni aspiraciones. Allá, la fiebre de los negocios; la Bolsa; las industrias; la lucha feroz por la vida. Aquí la paz; la conformidad .. ¡Oh, quién pudiera vivir esta vida! Pero, no. Aquí también había pasiones, tan fuertes o más que las de allá. También había pasiones amorosas, políticas, hasta financieras, más violentas quizás. ¿Qué brutal pasión no denunciaba la cruz del barranco de Los Molinos?. ¿Qué luchas fieras, fratricidas, no añoraban las discusiones políticas habidas, la noche anterior, en el pequeño Agora del caserío en que pernoctó? ¿En qué Bolsa; qué agentes se afanarían con tanto interés, como aquellos dos marchantes que se disputaban el trato de unas cabras para el matadero?..

Volvió a emprender la marcha por el sendero que serpentea por los Organos, de paso algún tanto peligroso, cuando las lluvias reblandecen las tierras y llegó a San Andrés, pueblecillo que derrama sus casitas por la extensa playa y en el que habita un gran número de trabajadores y gentes dedicadas a la pesca. Allí reanudó su yida rápida, montando en un automóyil, que le condujo a la capital, tras breves paradas en la fábrica de Salazones, en la cantera de la Jurada, fábrica de bloques, o prisma, para el puerto y varaderos de Hamilton.

REGOCIJO (1930)

Severo Curiá

Viaje a Taganana…a través del tiempo. (Diario El Guanche, 1862)

Taganana desde Camino de Las Vueltas (2)Amables y queridísimos lectores (que aunque no seáis ni lo uno ni lo otro doy por supuesto que lo sois, con lo cual parécenos haceros un favor) no os voy a regalar un viaje sorprendente lleno de peripecias y acontecimientos extraordinarios, ni mucho menos una fiesta de esas que hacen época, como decirse suele, no; solo trato de describir con mis débiles fuerzas el viaje de esta Capital a Taganana y la sencilla fiesta, porque en el campo todo es sencillo, que en honor a Nuestra Señora de las Nieves, patrona de aquel pueblo, celebran sus amables habitantes. Hecha esta salvedad, dueños sois de leer o no estos desliñados renglones, pues para nosotros nos da lo mismo. Empiezo pues mi relación.

El día 4 del pasado agosto y provistos de los correspondientes billetes mi compañero y yo nos presentamos en el parador de Omnibus antes de las 7 dela mañana, hora marcada para la salida de uno de estos vehículos que llega hasta la próxima ciudad de San Cristóbal de La Laguna, con el fin de apoderarnos del asiento que de derecho nos correspondía; porque suele suceder, y a nosotros casi nos sucedió, que cuando dan la voz de embarcar se lo encuentra uno ocupado. A pesar de hallarse nuestros asientos ocupados como ya dijimos, nos alegramos mucho de ello, pues lo ocupaba (hablo del mío) una lindísima joven, que en unión de su marido hacía el mismo viaje, y nosotros a fuer de galantes españoles tenemos un verdadero placer en ceder siempre el puesto de preferencia al bello sexo. Esto nos proporcionó un buen rato a causa de que con su carácter franco y jovial y amena y delicada conversación pasamos sin sentirlas las dos mortales horas que hay de aquí a La Laguna, que a no haber sido por esto nos hubiéramos aburrido delo lindo, pues los otros compañeros de viaje no desplazaron sus labios en todo el camino.

A medida que íbamos subiendo el calor se hacía más intenso, llegando al caso de no poderse casi respirar.

Llegados a La Laguna encontramos los dos trotones que de Taganana nos habían venido a buscar, mas como el calor era tan sofocante y abrasador tomamos consejo y resolvimos no ponernos en marcha hasta que el sol pasase el meridiano y perdiera por consiguiente parte de su fiereza; y con el fin de reponer un poco de nuestras decaídas fuerzas fuimos a una especie de fonda a encargar un almuerzo para dos personas, preveniéndonos la patrona que volviésemos dentro de un cuarto de hora. Mientras aquel se preparaba salimos a dar una vuelta en la que invertimos algo más del plazo que se nos había señalado, pues por nuestro reloj había transcurrido más de media hora. A pesar de esto fue forzoso esperar, mitigando un tanto nuestro mal humor las excelentes estacas que nos sirvieron. Una vez bien acondicionada el ánima vitae, ya que no podíamos continuar nuestro camino, nos empezábamos a aburrir, cuando afortunadamente acertó a pasar un amigo nuestro, el cual nos llevó a su casa y nos obsequió con un refresco y allí pasamos el día hasta que llegó  la hora de la partida. Nos despedimos, pues, de él, y fuimos a montarnos al Tanque grande.

Si habéis pasado alguna vez, lectores amigos, el camino de las Mercedes, conoceréis con cuanto acierto y justicia decimos que nada más magnánimo, más encantador, que aquella ruta trazada en medio de una feracísima vega. En una casa a orillas del camino y cerca ya del monte hicimos alto para descansar un rato y refrescarnos con un vaso de agua y vino que sus dueños tuvieron la amabilidad de ofrecernos.

Repuestos un poco, emprendimos nuevamente nuestra marcha a pesar del fuertísimo calor, reconcentrando toda nuestra atención para contemplar los magníficos puntos de vista que desde el centro de la alta y central cordillera de Tenerife de la cual parten las estribaciones que forman los valles a un lado y a otro de la isla, se descubrían a nuestra derecha y nuestra izquierda. Tendríamos ya como  cuatro horas de marcha y descendíamos las tan justamente celebradas vueltas, cuando divisamos el pueblo de Taganana sentado muellemente casi a orillas del mar sobre una extensa alfombra de verdura como una perezosa sultana.

El valle en que se asienta este pueblo es bastante original. Tiene la forma de una herradura y los montes que forman la parte cóncava, en donde se hallan las vueltas, son muy elevados.

Llegamos por fin a la casa donde debíamos apearnos en la que se nos recibió con suma complacencia y agrado; que según nos habían informado, es una delas cualidades predominantes de los tagananenses.

Inmediatamente después de haber descansado se nos sirvió una suculenta y abundante comida, ala que hicimos debidos honores, pues además del apetito que produce el cansancio de un largo camino teníamos en nuestro favor el no haber comido bocado desde las nueve y media de la mañana, y eran las seis y media de la tarde.

Desde la casa en donde nos hallábamos al otro lado del barranco de la Iglesia, la que se hallaba asentada en una especie de explanada o plaza en cuyo frente se halla poblada de frondosos álamos de añoso tronco, terminando el fondo del cuadro en las altas y originales montañas que forman el valle del lado del este. Este bonito paisaje lo habíamos visto copiado por nuestro ilustrado paisano Don Nicolás Alfaro. Formado sobre altos palos y como a los dos tercios de la plaza se hallaba un barco, cuyo destino explicaremos a su tiempo, provisto de velas y adornado con banderas.

Una vez repuestos fuimos a visitar la Iglesia que aunque modesta es de tres naves, bastante espaciosa si bien un poco baja de techo. El coro se halla colocado en el centro de la nave mayor como en algunas catedrales, y el púlpito, aunque sencillo, es de caoba. Tiene la iglesia dos lámparas y seis candeleros de plata.

Ya casi entrada la noche se nos presentó en la casa de uno de los principales vecinos, alcalde que ha sido en años atrás y nos sorprendió sobremanera el oír expresarse a una joven criada en el campo, con tanta propiedad, soltura y corrección como casi la más instruida de nuestras grandes poblaciones. La casa estaba casi a oscuras: reinaba esa dudosa claridad del crepúsculo; y cuando trajeron luz que hirió de lleno el rostro de la joven de que nos ocupamos se apoderó de nosotros la admiración. Figuraos, amigos lectores, un rostro ovalado, adornado de unos grandes ojos negros, rasgados, saturados de ese no sé qué que nos hechiza cuando lanzan sobre nosotros una de esas miradas de fuego que les son peculiares; una nariz arqueada y proporcionada; u una boca pequeña en la cual retoza esa amable sonrisa que tanto nos enloquece, y tendréis un débil bosquejo de la imagen que conservamos en nuestra imaginación. Generalmente todas las Tagananenses son semejantes a la que os hemos descrito con muy pocas variantes.

De allí volvimos a la iglesia a oir los maitines y nos colocamos en el coro en el cual dormimos a pierna suelta, como decirse suele, sin saber si el sueño nos lo produjo la monotonía de los cánticos o el cansancio del viaje que acabábamos de hacer.

Estando aun en la iglesia oímos redoblar con vigor un tambor, como si estuviesen tocando a generala y no acertábamos a darnos cuentas de cuál sería la causa, porque exponíamos, conocida la proverbial tranquilidad de aquellos moradores, que serían cosas anexas a la fiesta.

Para cerciorarnos preguntamos a uno que se hallaba a nuestro lado.

-¿Me hace usted el favor de decirme qué significa ese tambor que redobla?-

Y contestó:

-Es la Librea que va a comenzar.

¿Sabéis, queridos lectores, qué es una Librea?

Supongo que no lo sabéis y por lo tanto voy a tratar de explicároslo.

La Librea que en algunos pueblos tiene lugar la víspera a la noche de la fiesta, es un conjunto de hombres armados de escopetas y hachones encendidos los cuales tienen un jefe, que por lo regular suele vestir un uniforme de nuestras milicias y un tambor. Esta especie de tropa rompe su marcha en las inmediaciones de la Iglesia a tambor batiente y haciendo descargas se está casi toda la noche marchando por todo el pueblo engrosándose con todos los muchachos y curiosos. Solo viéndolo es como se puede formar idea del aspecto fantástico que toma a cierta distancia esta especie de tropa a la luz de los hachones. Uno que por primera vez viese un espectáculo semejante, se creería ver una reunión de cafres celebrando con sus orgías infernales, la victoria alcanzada sobre una tribu enemiga.

Serían las nueve de la noche se hizo en la plaza un entremés. Acto continuo se quemaron los fuegos artificiales que nos agradaron bastante por ser de los más bonitos que hemos visto, concluidos los cuales nos retiramos a descansar, oyendo en todo el tránsito los sentidos y meliodosos cantares de los trovadores que empezaban a lucir la entonación y extensión de su voz y su destreza en pulsar el laud.

Nos acostamos en las camas que se nos habían preparado en una especie de alcoba, las cuales estaban arregladas con limpieza y esmero si bien un poco duras. Al momento descendió sobre nosotros el benéfico Morfeo, cubriéndonos con sus alas de beleño y nos dormimos como dos bienaventurados hasta el día siguiente bien temprano que nos levantamos con ánimo de recorrer algún poco aquellos campos. Ante todas cosas y como buenos cristianos oímos misa: al salir nos dirigimos a una de las casas contiguas a la iglesia donde vive la encantadora joven de que os he hablado para admirar en pleno día su hermosura y apreciar los quilates de su amena conversación. ¡Tal era el ansia que teníamos de verla! ¡Tan grande la sensación que en nosotros se produjera!

Embebidos en una alegre conversación nos hallábamos, cuando nos advirtió nuestro huésped que con nosotros se hallaba, que eran horas de almorzar, lo que nos hizo descender del intrincado laberinto de ilusiones que nuestra imaginación recorría, y acordarnos, aunque con desagrado, de que es necesario también el sustento del cuerpo. En obsequio al interés que se tomaba por nosotros le perdonamos este mal rato.

A cosa de las nueve empezó la función, habiéndonos agradado sobremanera el sermón pronunciado en honor de Nuestra Señora de las Nieves por el Presbítero Don José Mora y Beruff, pues a la sencillez con debe hablárseles siempre a los campesinos reunía cierta elegancia de estilo que no siempre suelen encontrarse reunidas.

La concurrencia a la iglesia fue bastante numerosa, y allí pudimos admirar a las graciosas tagananenses adornadas con la clásica mantilla de franela que va desapareciendo casi completamente entre nosotros, cediendo su lugar a los adustos mantones.

Concluido el sermón y con objeto de ver perfectamente la procesión fuimos a colocarnos en una ventana del segundo piso de una casa situada en la plaza, la cual se nos franqueó con la mayor amabilidad. Instalados allí, pudimos observar que el barco de que os hemos hablado se iba llenando de hombres armados de escopetas entre los que se hallaba el indispensable tambor. Cuando las campanas con su melódica voz, anunciaron que la procesión iba a salir, un fuerte y prolongado redoble anunció a los tripulantes de aquel aéreo bajel que cada cual debía ocupar su puesto y prepararse a hacer las salvas correspondientes. Se nos figuró presenciar una de esas escenas desagradables, cuando dos buques enemigos que van a entrar en referido combate tocan a zafarrancho.

Distraído me hallaba haciendo estas reflexiones cuando una descarga me anunció que la Virgen se hallaba en la calle.

La procesión seguía avanzando, el tambor redoblando y los disparos menudeándose. Rompían la mareba dos estandartes a la cabeza de dos largas filas de hermanos vestidos con sus hopas, unas blancas y otras encarnadas. En el centro iba la Virgan cargada en hombros de cuatro de estos, no de cuatro hombres cualesquiera, como aquí acontece; el clero en seguida y detrás un numeroso pueblo.

Al llegar al extremo de la plaza y dar vuelta la procesión, se descargaron las cámaras que son una especie de pequeños morteretes, lo cual semejaba a una salva de artillería.

Frente del tranquilo bajel separó la Virgen y uno de aquellos campesinos pronunció con sentida entonación una loa, especie de invocación para que aquella mirara como siempre con ojos propicios aquel pueblo y derramara sobre sus moradores todas las delicias que pueden disfrutarse en este Valle de lágrimas.

Concluida esta, la procesión continuó su marcha hasta llegar a la iglesia, menudeándose los disparos y arreciando cada vez más, a manera de una deshecha tempestad el atronador tambor.

Terminada ya la función, empezaron los bailes, viendo bailar con gracia y donaire la isa y las folías. Sin embargo de que no había regios salones adornados con cuanto la opulencia y el refinamiento del gusto reúnen de bello, ni brillantes luces, ni vaporosos vestidos, no por eso dejábamos de extasiarnos en su contemplación porque nos servía de techo la inmensa bóveda del cielo con su riente esplendidez, y nos prestaba sus puros e inimitables encantos lapródiga naturaleza.

Por la tarde, nos dirigimos hacia la orilla del mar con el fin de ver aquella parte de la costa de Tenerife enla que se ven al este los roques de Anaga y al oeste los altos picos de las montañas, que semejan las agujas de una gótica catedral.

Se nos olvidaba y en justa reparación lo decimos, que al bajar para el mar pasamos por la casa del Alcalde a hacerle la correspondiente visita, el que nos obsequió con la amabilidad que allí encontramos en todos.

Concluida nuestra pequeña excursión volvimos a la plaza donde el baile se había hecho general y permanecimos allí admirando la sencillez de aquellos moradores y el gozo infantil que rebosaba en sus semblantes.

Abstraidos en esta meditación no pudimos menos de contemplar aquel reposo inmutable; aquella vida verdaderamente patriarcal de las familias: una ferasísima naturaleza, tan feraz como melancólica y llena de encantos; aquel cielo que unas veces recortan las caprichosas puntas de las elevadas montañas, o las frondosas copas de árboles seculares; y volar en alas de nuestra imaginación a nuestras ciudades, con su animado ruido, sus placeres, sus encantos, su riqueza, su lujo; sin acertar a explicarnos por qué en tan cortas distancias es tan distinta la vida; por qué en el campo todo es paz, tranquilidad y en la ciudad bulla, aturdimiento. ¿Cuál es la vida más feliz? Nos preguntábamos.

La del campo. Una vida tranquila, laboriosa, exenta de cuidados, de envidias, de enemistades, creemos que es preferible a esa vida forzada, por decirlo así, que se lleva en las poblaciones; donde siempre se está aburrido, hastiado; donde no se piensa más que en inventar medios de distracción porque a nuestra gastada sensibilidad nada la conmueve ya, nada la cautiva.

Permanecíamos aún en nuestra meditación sin notar que las armoniosos sonidos del violín y la guitarra habían dejado de oírse hacía un rato; que la gente empezaba a retirarse porque era hora de ir a la novena; y que la noche se nos venía encima como sucede en todos los valles desde que el refulgente astro del día se oculta privándonos de sus vivificantes rayos, cuando nuestro amigo nos lo advirtió.

Él se marchó a la Iglesia y yo como tenía necesidad de distraerme un poco fui a la casa de que tanto os he hablado ya a disfrutar de un rato de tertulia.

Concluida la novena volvió a dar comienzo el baile con bastante animación, hasta después de las once de la noche, hora en que cada cual se retiró a reposar en los cariñosos brazos de Morfeo, y nosotros como unos de tantos, cada cual hicimos lo mismo.

Al día siguiente nos levantamos bien temprano con el fin de hacer nuestros preparativos de viaje y la visita de despedida, porque a la una del mediodía debíamos emprender nuestra marcha.

Réstame, antes de terminar, hablaros del cura, hombre virtuoso, que hace once años se halla sirviendo en aquella parroquia, enterrado, por decirlo así, en aquel valle, sufriendo con paciencia y santa resignación las molestias de un curato pobre, porque su renta es escasísima, y de tanta extensión territorial como aquel y en un país tan quebrado, produce. Solo la abnegación que debe adornar a los discípulos del crucificado, es la que puede prestar fuerzas para sufrir una vida semejante.

El día se pasó alegremente visitando todo el pueblo, hasta que fue la hora en que debíamos ponernos en camino.

En la puerta de la casa en que parábamos nos esperaban las cabalgaduras; montamos, y antes de romper la marcha, desde lo más profundo de nuestro corazón enviamos nuestro sentido adiós a Taganana, cuyo grato recuerdo se halla grabado en el corazón y su imagen en nuestra mente, pudiendo estar persuadidos los Tagananenses, que siempre hablaremos con sentido entusiasmo de ellos y su pintoresco pueblo.

Caros lectores: si estos mal perjeñados renglones no te han agradado, no es nuestra la culpa: porque sin aspiraciones de ningún género, sin que creamos que nuestros pobres trabajos valgan algo, solo hemos querido relatar lo que hemos visto, lo que hemos observado. Así pues, solo te pedimos que hecho cargo de lo que dejamos expuesto, seas indulgente y tolerante y disimules las faltas que no puedes menos de encontrar.

Tenerife, la Isla del Meridiano (también)

Isla del Meridiano. Cuando escuchamos esta expresión los canarios pensamos, sin dudar, en la Isla de El Hierro, la más occidental del Archipiélago. Y es que, durante mucho tiempo, y para muchos países, el meridiano que pasa por la Punta de Orchilla, en la más pequeña de las Canarias, era la línea de referencia a partir de la que se medía la longitud y el paso del tiempo. Son menos los canarios que saben que al mismo tiempo que el de Orchilla existían otros “meridiano cero” en el mundo.

La idea de adoptar un único meridiano cero de referencia para todo el globo no se llevó a cabo hasta la Conferencia Internacional del Meridiano de 1884. ¿Por qué en ese momento y no antes? Porque los avances de los transportes y la aparición de las comunicaciones a larga distancia (el telégrafo y el código morse) hacían necesaria ahora, y no antes, la existencia de una línea única a partir de la que medir el tiempo. En un mundo de barcos de vela y correo postal no era necesario que la hora de Londres y la de Nueva York estuviese ajustada. Sí lo era en un mundo de barcos y trenes de vapor y de mensajes transmitidos a distancia de forma automática. Whatsapp estaba en camino.

En esa Conferencia se optó por Greenwich, que era, claro, el meridiano que les gustaba a los ingleses, que no por casualidad eran la principal potencia mundial, en la época de apogeo del Imperio Británico. Y se desecharon otros. El de El Hierro, sí. Pero también el de París. Y el de Madrid. Y también el de Tenerife.

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Plano de las Islas Malvinas, situadas en la latitud de 51 grados 28 minutos sur, y en 316 grados 30 minutos de longitud según el Meridiano de Tenerife, arreglado a los últimos reconocimientos en ellos por mar y por tierra por su Gobernador Don Phelipe Ruiz Puente

Este es un mapa de las islas Malvinas, en el hemisferio sur, protagonistas en los años 80 del famoso conflicto entre Argentina y el Reino Unido. En 1769 formaba parte del Imperio español. Cuando se realizó este mapa, se escogió Tenerife como meridiano de referencia para establecer la longitud. El Teide, señal para los navegantes desde que comenzaron los viajes transoceánicos, era un auténtico faro, visible a muchas leguas de distancia a la redonda, que permitía encontrar el rumbo adecuado en el camino hacia las Américas, y fue, como la Punta de Orchilla, elegido como hito para establecer el meridiano cero. Y se utilizó mucho. Prueba de ello es la cantidad de mapas del siglo XVIII que se albergan en la colección cartográfica de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos y que están referidos al “Meridiano de Tenerife”. En una búsqueda rápida encontramos 100 mapas que utilizan el meridiano del Teide. ¿Son muchos? ¿Pocos? No lo sé, pero en la misma biblioteca se encuentran 96 que utilizan el de El Hierro. En el catálogo de la Biblioteca Nacional de España aparecen 122 referidos a Tenerife, por 130 referidos al de El Hierro. Es obvio que se utilizaron de forma bastante indistinta.

Y está claro, también, que mientras en el caso de El Hierro la memoria del meridiano ha quedado arraigada de forma poderosa a la identidad de la isla, en Tenerife la hemos borrado por completo…

Sabino Berthelot en Taganana

Sabin_Berthelot_-_Naturforscher

Durante dos horas anduvimos por las cimas de estos elevados montes mientras nos dirigíamos a los acantilados de Anaga por un camino de cornisa que alternativamente nos llevaba a una o a otra vertiente. Algunas veces nos vimos obligados a salvar los andenes de la montaña en parajes donde el saliente no ofrecía más que un estrecho paso bordeado de precipicios. Desde estas cimas se abarca un dilatado horizonte. De un lado descubríamos la bahía de Santa Cruz, los grandes barrancos del Bufadero y San Andrés, los riscos descarnados y las mil asperezas de esta parte de la isla. Por la otra banda, dominábamos los pintorescos valles del Norte y nuestros ojos volvían a descansar sobre una naturaleza más jugosa.

Y así fue como, mientras admirábamos paisajes de tanta belleza por sus contrastes, nos acercamos a Taganana, pueblo situado en la vertiente septentrional, a un cuarto de legua del mar. Descendimos por un camino tortuoso trazado dentro del bosque, pues por este lado los flancos de la montaña están cubiertos de vegetación semejante a la de las Mercedes y zonas limítrofes. Llegamos al pequeño valle y bajamos al pueblo que la espesura nos había ocultado hasta entonces. El relieve es accidentado, desigual, los altozanos están coronados por chozas y casitas, y entre ellos, barrancos que separan los grupos de viviendas. El terreno es fértil y está regado por pequeñas corrientes de agua; aquí, bosquetes, huertas, cultivos; allá, riscos y vegetación silvestre. Tal era el paisaje que se extendía ante nosotros, y que ninguna descripción alcanzaría a reproducir.

Nos indican la casa del viejo Manrique, alcalde del lugar, a quien yo iba recomendado por un amigo mío de La Laguna. Nos recibe muy solícito y, al enterarse que soy francés me aprieta la mano efusivamente. Y es que el viejo Manrique había hecho la campaña durante la Guerra de la Independencia. “Yo serví en el batallón de Canarias – comienza diciendo al tiempo que se yergue, como para darse importancia-: formamos la vanguardia de la División Lacy, y Wellington nos incorporó a su ejército. Yo era cabo. He visitado muchos países, pero Francia vale por todos, se lo aseguro. Fui conducido a Francia después de haber sido hecho prisionero en la batalla de Albuera, y nos concentraron en Macon, a las orillas del Ródano. ¡Válgame Dios, qué tierra¡”.

El viejo Manrique me contempla sorprendido sin acabar de comprender que se pueda dejar la bella Francia (la que todavía despertaba sus recuerdos) para venir a aislarse entre estas montañas. Sus viajes ultramarinos le daban cierto prestigio entre sus convecinos. Administraba justicia con imparcialidad y aportaba al ejercicio de su cargo ese rigor de servicio que lo había distinguido bajo las banderas. El anciano alcalde nos instaló en su casa y nos agasajó durante los dos días que empleamos en recorrer los alrededores.

Al día siguiente de nuestra llegada a Taganana, Manrique quiso servirnos de guía. En primer lugar nos llevó a la Plaza de los Álamos para que visitáramos la parroquia, de la que estaba tan orgulloso como el cura. Una especie de sacerdotisa, a la que llamaban “la sacristana”, nos introdujo en el templo, que encontramos arreglado con gusto. Los árboles de por allí habían sido puestos a contribución para decorar el interior; todo el maderamen, de buena carpintería, era de madera de mocán. “Un prisionero francés es el que ha hecho este trabajo –nos dice el alcalde-: nuestros bosques le han ofrecido los materiales”.

Al salir de la Iglesia cruzamos varios barrancos y subimos a un altozano para gozar de la vista del valle. Taganana está rodeada de agudos picachos y de montes amenazantes: podría ofrecer motivos sobrados para llenar un álbum. La vegetación que tapiza las laderas de las montañas embellece todavía más la perspectiva. Del centro del angosto valle se levantan dos monolitos de lava, monumentos gigantescos que los volcanes han levantado como testimonio de su poder (Los Roques de las Ánimas y Enmedio).

Haría falta una mano maestra para llevar al lienzo cuadro tan impresionante. ¿Qué hacen tantos artistas en París esforzándose vanamente ante cuadros pintados por encargo? Que crucen los mares, y en menos de un mes se resarcirán de sus sacrificios frente a esta grandiosa naturaleza, frente a estos señores macizos, a estas rocas comidas por el tiempo que se destacan sobre un cielo luminoso y proyectan a lo lejos sus largas sombras: que vengan a contemplar esta escarpada costa, recortada por pequeños caletones, erizada de arrefices, accidentada por acantilados en los que truena la ola y se deshace en un eco prolongado. A cada paso, a cada revuelta, un espectáculo nuevo, efectos de luz que se entrecruzan y deslumbran, parajes intocados, perspectivas cambiantes en tonalidades y formas.

Nuestra excursión se prolongó hasta el atardecer. Pero quiero hacer gracia de todos aquellos detalles que pudieran cansar al lector. Suprimo la descripción de rocas y de plantas, el regreso al alojamiento, la excelente cena del alcalde, la velada, hasta llegar a esta nota que figura en el diario de viaje: “El viejo Manrique comprende que tenemos necesidad de descanso y nos desea buenas noches”.

¡En marcha¡ ¡En marcha¡ Aprovechemos el fresco de la mañana: el día promete ser caluroso ¡Vamos, en pie, hay que partir¡” Es mi compañero el que de tal forma me despierta. Me visto deprisa. El viejo Manrique ya está en pie, llenando de provisiones las alforjas del guía que nos ha buscado. Terminados los preparativos de la partida nos despedimos del alcalde, que recibe nuestro adiós con pesar. ¡Gran persona¡

Sabino Berthelot (1820-1830)

El Peatón de Taganana, por José Rial, Farero de Anaga (1935)

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Cada cinco días, contando entre la ida y la vuelta, aparece, cargado con su cartera y con el palo en la mano, delgado y ágil, a pesar de su cercano medio siglo, por el faro, el Peatón.

Le aguarda nuestra impaciencia y la taza de café o la copa con que en el faro se le obsequia. El Peatón, Leopoldo, ha recorrido mundo: ha visto y ha sabido ver. Reúne una multitud de oficios y ocupaciones de esos que permiten ocupar el tiempo y sacarle algún provecho. Y hoy me ha hecho un pelado, de esos que en estos rincones puede llamarse primoroso.

El Peatón sale por la mañana, al rayar el alba, de Taganana, y empieza su recorrido partiendo este pan espiritual, repartido en las blancas “formas” de las cartas, cada una de las cuales trae su porción de vida: goces, sufrimientos, dinero -en otros tiempos- o, simplemente, noticias. Envíos que van de corazón a corazón, salvando tensos, tal que un hilo, el abismo azul de la distancia…

El pueblo solo escribe cuando tiene cosas que decir. Hechos escuetos, de los que rompen la monotonía de su vida. Para el pueblo no existe ese liviano entretenimiento que llena de naderías las cuatro páginas de una carta, y desespera con su cargazón empalagosa, rebosante de mieles urbanas, de cortesías y de fórmulas vacías -de lo que se llama entre ciertas gentes buena educación y es su cáscara-, en estas épocas de Navidad y Año Nuevo.

Una carta es un asunto serio para un hijo del pueblo. Y yo, que las he escrito muchas veces a su dictado, por estos rincones, que he practicado esa obra que debería figurar entre las de mayor misericordia, sé qué empinada cuesta es esta, tan llana, de las planas blancas de una carta, para poder llenarla; porque el pueblo conoce una ciencia que deberían practicar muchos escritores, en beneficio de su público: la de encerrar una emoción, un sentimiento, una pasión, en las cuatro líneas escritas de una noticia:

Sabrás como Juana se casó y se olvidó de ti…

He aquí el tremendo drama de una vida que va a sacudir los nervios de un hombre en la manigua cubana, y que ha de recibir, traducido, de los labios de otro hombre.

De aquí que la cartera del Peatón venga muchas veces vacía, sin otro bagaje que mis periódicos y mis letras, pero eso no quita pesadumbre a la marcha por estos caminos, que está en la propia marcha, en las distancias del recorrido que se inicia con los balbuceos de la mañana y termina a las cinco de la tarde. Porque este Peatón tiene señalada una ruta que comprende el circuito desde Taganana, Las Palmas, el Faro, Chamorga, la Punta, y la vuelta otra vez a Taganana, que son doce horas de camino para sus pies ágiles. Doce horas de trepar y subir y bajar por estas cuestas inverosímiles del macizo montañoso, que rinden a cualquiera,y que se pagan con…¡quince duros mensuales!

Y para establecer la proporción entre el trabajo y la paga, habría que recorrer con él todas las veredas; subir con él, y a su paso, por esas vertientes arriscadas; bajar por las cuestas y cruzar los barrancos; almorzar como él un trozo de pan y una batata si no le obsequian; y renovar cada cinco días estas jornadas interminables llevando y trayendo alegrías y llantos, sorpresas y mercedes, nuevas de los ausentes y noticias de los que quedaron acá, aguardando y rezando por el que partió.

José Rial (Farero del Faro de Anaga, periodista y escritor)

Faro de Anaga, enero de 1935

Publicado en La Prensa, Diario Republicano, el 6 de febrero de 1935 (enlace debajo al documento)

http://prensahistorica.mcu.es/es/catalogo_imagenes/grupo.cmd?interno=S&posicion=1&path=1000010945&presentacion=pagina

Una excursión a Catalanes y Roque Negro, por Leoncio Rodríguez

059. Camino de Roque Negro

Carretera de San Andrés, en la desembocadura de Valleseco… La expedición tarda en organizarse porque a los Jinetes se los disputan los arrieros, divididos en dos bandos antagónicos: de San Andrés y Santa Cruz, unos y otros deseosos de llevarse la palma de la victoria.

—¡Móntese usted en “Perico”!—dice uno.
—¡En el “Tordo” va más seguro!—replica otro.

Y así, sucesivamente, en pintoresca disputa, hasta que decidimos optar por “Perico”, que según nos dicen era de más uso urbano que rústico, por lo que le suponemos bastante familiarizado con la gente del pueblo. Jinetes, pues, en nuestro rucio damos comienzo a la accidentada marcha. La comitiva se fracciona en el camino porque algunos jumentos se quedan rezagados en la penosa ascensión que tienen que hacer hasta ganar la cumbre.

Los de San Andrés se han adelantado bastante, y esto inquieta a los arrieros de Santa Cruz, que no cesan de aguijar las bestias, a los gritos sacramentales de ¡Arriba, “Perico”! ¡Arriba, “Cordera”! ¡Arriba, “Tordo”!. Pero los animales apenas pueden con sus huesos, y algunos, un tanto reacios, se detienen en el primer llano que encuentran, donde hemos de aguardar a que termine el pugilato de rebuznos, que resuenan en prolongados ecos al fondo de los barrancos.

Llegamos a las alturas, después de pasar por el sifón de Valleseco. El sol comienza a dorar los filos de las montañas, y desde el fondo de los valles aprisionados entre largas hileras de riscos, sube hasta nosotros un penetrante aroma de plantas silvestres. Tras un breve descanso continuamos la marcha hacia Catalanes, y ya al pie de la montaña percibimos el rumor de las aguas que se deslizan por la vertiente del barranco próximo, bordeado de huertas de ñameras y maizales, que destacan su lozanía y su verdor entre viejas cercas de piedras.

Dentro, en el túnel, el ruido de las perforadoras se mezcla con el rechinar de las piedras, los gritos de los trabajadores y el ir y venir de las vagonetas. Se nos invita a penetrar en la galería, pero antes hemos de proveernos de sendas botas de aguas, un traje impermeable y un capuchón que nos cubre hasta las orejas. El aspecto que ofrecemos debe ser bastante estrafalario, pues los compañeros de expedición no disimulan sus risas.

Hasta los doscientos metros el camino nos parece de perlas. Entre el denso cortinaje de las sombras, al tintineo de las aguas que brotan por los intersticios de las rocas, parece que van danzando los gnomos delante de nosotros. Y hemos de acelerar el paso porque el aluvión crece por instantes.

Al fondo, aumenta el ruido de las perforadoras, el crugir de hierros y de piedras y el griterío de la colmena humana que se agita entre las negruras del túnel. Cuando las perforadoras cesan de funcionar vuelve a percibirse el “tic-tac” acelerado del agua que brota del techo como espesa lluvia, o surge de las paredes y el piso de la galería, en incesantes surtidores.

Emprendemos el retorno con bastante prisa, porque la humedad comienza a hacernos sentir sus efectos. Cerca ya de la boca del túnel, nos desviamos hacia un lado para dar paso a una vagoneta que desaparece en veloz carrera. Sobre ella, tendido en una plancha metálica, vemos un bulto totalmente forrado en telas. La vagoneta se desliza rápida hacia el fondo, llevándose el extraño envoltorio. Cuando salimos de la galería, nos enteramos de que en aquella vagoneta viajaba con su máquina fotográfica un compañero de expedición. Había creído que iba a naufragar entre tanta agua, y procuró pasar el túnel con las mayores garantías posibles.

Desde Catalanes hasta el sitio llamado “Los Pájaros”, en la cumbre, la jornada se hace por demás lenta y fatigosa. Nuestras cabalgaduras, rendidas de cansancio, ascienden penosamente por la estrecha vereda. “Perico”, que en esta cuesta ha puesto a prueba todos sus arrestos, se detiene de pronto para meter el hocico entre un brezo, en busca de sombra. El arriero le hace desistir de sus deseos, y el pobre animal continúa la fatigosa subida con estoica resignación…

Llegamos por fin a lo alto de la montaña, y, tras un pequeño descanso, proseguimos hacia Roque Negro, ahora por la suave pendiente del camino que conduce al fondo del Valle. Una completa mutación se ha operado en el paisaje. A los sombríos picachos de Valleseco y Catalanes—aquellos enormes puerco-espines, erizados de pitas y cardones—ha sucedido esta perspectiva alegre de Roque Negro, cubierto de verdura, revestido de musgos y ñameras, con sus chozas escalonadas en la montaña, todo en un silencio sosegado y tranquilo, como un paisaje bíblico, como un pequeño portal de
Belén…

Ya al fondo del Valle, penetramos también en el túnel que se abre al pie de la montaña. Como en Catalanes, el precioso líquido fluye de las grietas de la galería en incesantes filtraciones. Y fué tal, nos dicen, la abundancia de agua al comienzo de la exploración, que hubo que suspender los trabajos porque la vida de los obreros peligraba.

Uno de éstos, que nos acompaña en la visita al túnel, nos refiere en estos términos su impresión:

Nos encontrábamos “esgalichando” cuando se nos ocurrió dar un “zamarriazo” en el risco. Abrióse un boquete en la piedra, y fue tal el “chingo” de agua que saltó, que caímos rodando por el suelo. ¡Aquello, más que un “chingo”, parecía un “vulcán”!

Aquel brazo de agua que entonces tanto aterrorizó a los obreros, ahora no es más que un pequeño surtidor, casi a ras del suelo de la galería, que recuerda aún al visitante el suceso famoso.

Apresuramos la partida, porque el tiempo se nos iba haciendo escaso, y a trepar de nuevo por los vericuetos de la montaña. Otra subida larga y penosa. Otra odisea para las pobres cabalgaduras. Atrás van quedando las tierras húmedas del Valle, revestidas de musgos y ñameras; las chozas humildes, escalonadas en la loma como un paisaje bíblico, como un pequeño portal de Belén…

Arriba, dominando las cordilleras, con su morro casi escondido entre las nubes, apenas se divisa el Roque Negro…

Leoncio Rodríguez

Estampas tinerfeñas

Carta del Camino de Las Vueltas de Taganana

Camino de La Laguna a Taganana-001

Querido caminante…

Soy viejo. Muy viejo. Nací casi al mismo tiempo que mi desaparecido viejo amigo el Ingenio, y tengo razones para creer que mi venida al mundo mucho tuvo que ver con la suya, y que, sin él, yo no habría sido nunca quien soy. Un día, hace siglos, los pobladores del Valle empezaron a abrir una brecha en el espeso bosque. Se movían despacio pero sin cesar, adentrándose en la espesura, deshaciendo la roca con sus herramientas a base de golpes, de pico y pala, incesantemente, lomo arriba.

Me fijé en que se aseguraban de darme una anchura de seis pies como mínimo, algo extraño en mis vecinos de estos lugares tan angostos. Como si yo fuera más importante que los demás… Y observé otra cosa: cuando me volvía más pendiente, trazaban en mi figura vueltas, y revueltas, y más vueltas, y más… Tantas, que no podría decir cuántas tengo…

Y así, crecí y crecí y me hice más alto, hasta la cumbre. ¡Cuánto esfuerzo! ¡Cuánto sudor! ¡Cuánto sacrificio, cuánto dolor tuvieron que padecer mis padres, en las manos, en la espalda, en todas partes! No se detuvieron allí. Desde la cumbre, continuaron. Más allá, y más allá. Y a cada paso, yo me hacía más y más grande. Al cabo de poco tiempo, mi delgada y serpenteante figura se extendía desde la casa de Juan Delgado hasta la Villa de San Cristóbal de La Laguna. Más de cuatro leguas. ¿Se imaginan?

A mi nacimiento le siguieron mis días de gloria. Eran los tiempos en que el Ingenio funcionaba. A mi lado, el Barranco del Agua llevaba el líquido de la vida hasta el molino, y allí giraba y giraba, y el azúcar refinado salía de la Casa en cajas de madera, y las bestias llevaban el “oro blanco” hasta la Villa. ¡Cuánto trasiego, qué días de esplendor! En aquellos tiempos, dicen, y fruto de esa riqueza, fue cuando llegó el “tesoro” de Taganana, que se guarda celosamente en la Parroquia. Yo no sé lo que es, pero parece que sigue allí, y dicen que es muy valioso y que como él hay no hay otro en Canarias…

Y cuando el Ingenio agotó sus días, seguí siendo muy útil, porque por mí comenzó a circular el vino, y siempre por aquí iban las gentes de Taganana para ir a La Villa de San Cristóbal, pero también para ir a los valles del sur, y por aquí venían los viajeros de Francia, y de Flandes, y de toda Europa. Mucha gente me usaba cada día: gangocheras, carboneros, leñadores, carteros, medianeros, comerciantes, y bestias cargadas. Me tenían siempre cuidado y arreglado. No dejaban que la bóveda me cubriera para que mi firme se mantuviese seco cuando había niebla; limpiaban cada semana mis desangraderas para que no me rompiese cuando llovía mucho, quitaban los árboles que caían sobre mí, y si alguna de las grandes piedras de mi empedrado se caía la volvían a colocar.

Pero hoy… ¡ay! Tiempos aciagos me ha tocado vivir. No hace mucho tiempo, los descendientes de las mismas personas que me crearon y cuidaron durante tanto tiempo decidieron que me había quedado anticuado y que ya no les era útil. Durante siglos, fui portador de sus pasos, de sus mercancías, de sus noticias, de sus amores y desamores, de sus tragedias, sus alegrías y sus tristezas, de sus poemas y sus canciones. Pero ahora ya tenían bestias con motor y ruedas para desplazarse, y crearon una carretera nueva por la que pudieran circular, y destruyeron casi todo mi trazado para dárselo a ella. Me rompieron y me dividieron en pequeños trozos, y ahora soy más pequeño que nunca: ¡ya apenas llego hasta la cumbre! He escuchado decir a algunos de mis visitantes, sin embargo, que hay dos tramos de mi viejo trazado, más allá, en dirección a La Laguna. Pero yo no puedo ponerme en contacto con ellos. El asfalto se interpone entre nosotros como un océano infranqueable que separa costas lejanas.

No quiero que piensen, no obstante, que soy uno de esos viejos cascarrabias que solo mira al pasado con nostalgia y se olvida de que tiene un presente y un futuro. En los últimos años, cada vez más personas me utilizan de una forma diferente. Llevan ligeras mochilas en lugar de los pesados morrales de antaño y vienen sonriendo donde antes sufrían. Les gusta andar sobre mí, y a mí me gusta sentir sus pasos recorriéndome sin prisas y sin el sacrificio de antaño. Parece que disfrutan mucho, y eso me reconforta, porque significa que, aunque con una tarea muy diferente, para algunas personas sigo siendo útil. Aunque esté muy mayor, y me encuentre con muchos achaques, y ya no me quieran tanto como antes, y apenas me cuiden.

Tengo derecho a existir y sigo estando aquí, vivo. ¡Y tengo tanto que enseñar…! ¿Quieres descubrirme?

Atentamente,
El Camino de Las Vueltas de Taganana

Aarón Rodríguez, Geógrafo

¡Alzados en el sur!

Páginas desdeAcuerdos del Cabildo de Tenerife I (1497-1507)-2

El problema había existido desde el mismo final de la conquista, hacía 6 años. Los regidores albergaban sospechas de que muchos de los guanches libres (los que habían formado parte de los bandos de paces que no se habían involucrado en la guerra o habían prestado ayuda a las tropas castellanas) estaban proporcionando escondite y auxiliando a los esclavos que escapaban de las propiedades de sus dueños y marchaban al interior de la isla. Se trata de “los alzados”. Para erradicar esta práctica, el Cabildo exige la colaboración ciudadana mediante este acuerdo del 26 de enero de 1498:

“…ordenaron e mandaron que a qualquier persona que se le provase que esclavo alçado esté en su hato e le dio de comer, e non lo tomare, que se busque el dicho esclavo a su costa; e que, si non paresciere, que lo pague al dueño del dicho esclavo.”

Todo el mundo quedaba así obligado a capturar a cualquier esclavo alzado que entrara en su propiedad, siendo obligado de lo contrario a costear su búsqueda o a reparar la pérdida ocasionada al dueño. Pero parece ser que esta medida no resolvió el problema, porque poco después, el 11 de marzo del mismo año, el Cabildo volvía a la carga con una medida muy poco cristiana, dirigida a acabar con la caridad hacia los guanches, sin especificar si eran alzados o no:

Primeramente, que todas e qualesquier personas que en sus casas dieren de comer a guanches, que sean obligados de dar pan o vino a todas las personas que lo hubieren de comprar, so pena que si se hallaren que lo dan a personas que lo vienen a comer dentro de las dichas casas e non a otras para
llevar fuera, que caygan en pena de seyscientos maravedíes para el reparo de las obras públicas desta ysla.

La obstinación del Cabildo no había cesado aquí. El mismo año 1498, concretamente el 15 de mayo, se proclamaba otro acuerdo referente a la cuestión de los alzados. Se amenazaba con el destierro:

Otrosy ordenaron e mandaron que por quanto la ysla ha estado rebuelta con los esclavos alçados e hazen muchos dapños en todos los vecinos, de los quales han sydo tomados muchos e son ydos fuera de la tierra, de lo qual no se podría averyguar el mal que hazen e que han fecho ni se podría pagar por ende, ordenaron e mandaron que de lo de hasta aquí non se le pyda ni demande nada por lo susodicho, pero que dende aquí adelante, sy hezieren algund dapño, que lo paguen e por via
de justicia serán echados de las tierras.

Y así pasaron los años y el problema no desaparecía, y nos plantamos en un momento clave: el 25 de noviembre de 1502. La situación es insostenible. Existe un importante grupo de rebeldes campando a sus anchas y “saqueando ganados” (aunque ellos habrían dicho que lo que estaban haciendo era recuperando lo que les habían quitado, claro) en el Reino de Adeje. Los esclavos que se niegan a serlo están poniendo en jaque al Cabildo y la autoridad del Gobierno de Tenerife está en entredicho.

La reunión es en la Iglesia de la Concepción, que suele acoger muchas de las sesiones. No está el Gobernador, pero sí están Pero Mexía, alcalde mayor de la Isla, y los regidores Fernando de Trujillo, Cristóbal d’Espyno, Gerónimo de Valdés,  Mateo Viña y Guillén Castellano, además del jurado Francisco de Albornoz. La cuestión sobre la mesa es clara: hay que capturar “los alçados guanches que andan robando la Isla.”

Entran en escena en ese momento cuatro hombres de apellido Tacoronte: Simón, Gaspar, Fernando y Francisco. Ninguno habla palabra de español, y los cuatro son guanches, claro. Guillén Castellano, como en tantas ocasiones y como ya hizo durante la conquista de la isla, hace de intérprete. ¿Y qué pintan aquí? Quieren comunicarle algo al alcalde mayor Pero Mexía:

hezieron un requerimiento al dicho señor alcalde mayor Pero Mexía que estava presente, que por quanto el señor Governador Alonso de Lugo e por la señora Bovadilla e regidores les ha sydo mandado que tomen los guanches alçados ladrones, que ellos están prestos de lo hazer e cunplir e trabajar en ello con todo su poder, con tal que les sean dados los mantenimientos y espensas
nescesarias y las otras cosas.

Es decir: cuatro guanches se ofrecen a ayudar a reducir a los “guanches alzados ladrones”. ¿Qué razones tendrían? Supongo que no sería muy desatinado pensar que esperan mejorar su posición social y estrechar sus relaciones con la autoridad. ¿Quien sabe?. Lo que sí se sabe, es que sugieren un plan para acabar con la rebelión. Y ese plan pasa por liberar al preso guanche Pedro de Adeje, natural de esas tierras, (y por el apellido, seguramente familia del antiguo mencey Diego de Adeje), y llevarlo hasta el sur. Allí, esperan utilizar la influencia que éste tiene en sus compatriotas para que parlamente con los alzados.

e que por quanto al presente el señor alcalde tiene preso a un guanche que se dize don Pedro de Adexe, el qual sabe la tierra del reyno de Adexe do andan los alc;ados, que por tanto se lo mandase dar e que ellos se obligavan e obligaron con sus personas e bienes muebles e rayzes para se lo dar cada que se lo pediese e demandare, so pena sus personas a merced del rey e los bienes perdidos.

¿Cuál fue la respuesta del alcalde mayor y los regidores ante la petición de liberar a Pedro de Adeje y utilizarlo para sofocar la rebelión de sus compatriotas?

E luego todos los dichos regidores dixeron que su voto e parescer es que al dicho guanche que asy está preso se lo de el dicho alcalde a los dichos guanches para sacar los dichos alçados, pues que es servycio de Dios e bien e pro de la ysla

En definitiva, se accedió: Pedro de Adeje fue liberado y entregado a los guanches Simón, Gaspar, Fernando y Francisco Tacoronte, con la misión de poner fin a la rebelión de los alzados de Adeje…

PD: todas las citas están extraídas de la transcripción del Libro I de Acuerdos del Cabildo de Tenerife (1497-1507)

Aarón Rodríguez González. Geógrafo

¿Cuál es el origen del “Llano de los Viejos”?

El Llano de los Viejos.

A la entrada de la popular área recreativa del Llano de los Viejos, en el Monte de las Mercedes, hay (o había hasta hace poco) un panel que reza lo siguiente acerca del nombre de tan señalado lugar:

“El nombre rememora un evento que comenzó a celebrarse en 1924. Una vez al año, en septiembre, los taxistas de La Laguna, en honor a San Cristóbal, llevaban de paseo a los ancianos del asilo y les ofrecían una comida en el lugar.”

Esta historia, desde luego, es verosímil, y esa es una razón que explica que se haya extendido como cierta, entre quienes han sentido curiosidad por saber cuál es el origen de tan curioso topónimo. Sin duda la costumbre, tan reciente al fin y al cabo en el tiempo, existió, como así demuestra este recorte del periódico “La Gaceta de Tenerife” del 1 de octubre de 1925:

“Los chauffeeurs llevarán a los ancianos hasta el Llano de Los Viejos, donde se les servirá la comida. A este acto asistirán también la Banda municipal y algunas autoridades.”

1925

Sin embargo, llama la atención que, solo un año después del supuesto origen de esa tradición, ya se conozca al lugar como “Llano de los Viejos”. Los topónimos pueden cambiar. Con frecuencia, aunque no de forma generalizada, uno nuevo sustituye a otro asentado durante siglos. Pero ese proceso suele ser gradual. Por ejemplo, hace muchos años que se usa el topónimo de “Paisaje Lunar” para hacer referencia a “Los Escurriales”, pero el topónimo original sigue ahí, no se esfumó de la noche a la mañana. ¿Debemos pensar que en solo un año, simplemente, se bautizó como “Llano de los Viejos” a esta zona, y la gente que llevaba toda la vida pasando por allí (hablamos de un punto de tránsito importante del Camino de Las Montañas, que usaban a diario los vecinos de Las Carboneras, Chinamada o Las Mercedes) de repente dejó de usar el nombre antiguo, que desapareció sin dejar rastro? ¿No es muy raro?

1914-002

Claro que lo es. El Llano de los Viejos se llamaba así mucho antes de que los taxistas llevaran por primera vez a los ancianos del asilo. Se llamaba así en 1914, cuando los “exploradores” fueron de excursión desde La Laguna, como se recoge en “La Opinión” del 18 de mayo de ese año.

Y no solo se llamaba así, sino que ya se usaba como lugar de recreo y para compartir la comida.

“Seguidamente se procedió a cocinar la paella, por los mismos exploradores”.

Se llamaba así también en 1909, como recoge el periódico “Diario de Tenerife” del 5 de julio de ese año, que narra la “gira por Las Mercedes” que organizó la Juventud Republicana, y especifica que “se organizó un paseo basta el Llano de los Viejos, donde se tocó, se cantó y hasta se bailó”, añadiendo que el regreso se efectuó de noche.

Y así lo llamaba también Manuel de Ossuna y Van den-Heede en 1887, cuando narró su excursión desde La Laguna hasta sus tierras de Roque Bermejo, bajo el título “Viaje a Anaga” en la revista “La Ilustración Española”:

“…la lozanía enteramente tropical que desplegaba la vegetación en una encantadora planicie que dejábamos a nuestra izquierda demoninada Llano de los Viejos”.

1879

Unos años antes, en 1879, en la publicación “Revista de Canarias”, Sabino Berthelot publicaba un fragmento de su libro “Árboles y Bosques”. Ahí el cónsul francés, que tanto aportó al conocimiento de la historia natural de nuestro archipiélago, se empeña una vez más en quitar la razón al panel cuando habla del Bosque de Las Mercedes que tan bien conocía.

Y Berthelot nos lleva va más allá, porque nos señala que ya conocía el lugar por su nombre en 1826, fecha en la que él se encontraba residiendo en Tenerife, como se recoge en sus Misceláneas.

“Antes de 1826 se iba a visitar con preferencia el Llano de los Viejos, otro hermoso sitio de la misma selva; pero el huracán que lo destrozó enteramente cambió el aspecto de los lugares, y esta parte del monte, que quedó al descubierto, no ha podido reparar sus pérdidas.”

Se refiere, claro, al famoso aluvión de 1826, el mismo que hizo desaparecer la imagen original de La Candelaria, sepultó centenares de vidas, y arrasó el viejo Drago de la Orotava.

¿Y entonces? ¿Si el origen del nombre no puede estar en las excursiones de los ancianos del asilo, cuál es ?

¡No tengo ni la más remota idea!  Pero sea cual sea, no es reciente…;)

Aarón Rodríguez González, Geógrafo

Apuntes de interés geográfico e histórico